Creando Psicomotricidad: El juego como refugio humano

 

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Nuestras sociedades postmodernas han robado el juego natural de nuestras vidas, para ser reemplazadas, muy a menudo, con actividades reguladas y medicamentos que reducen la necesidad de jugar. La evidencia sugiere que si aprendemos a restaurar el poder del juego en la dieta educativa de nuestros niños/as preescolares, de una manera nueva y creativa, podríamos revertir dramáticamente la velocidad a la que el TDAH está proliferando. El juego real abre la posibilidad de utilizar todas nuestras herramientas emocionales y naturales para la construcción epigenética del cerebro social.

Los problemas de control de los impulsos pueden ser enormemente difíciles en la infancia, pero comprender las funciones del ‘juego de proceso primario’ anima a conceptualizar nuevas formas de facilitar la maduración pro-social / cerebro-mente, y por lo tanto reducir los problemas de control de los impulsos en los más pequeños/as hasta la etapa adulta. A pesar de los años de psiquiatría la mayoría de lo que se diagnostica como TDAH puede ser poco más que natural la variabilidad de la maduración cerebral que resulta en parte de factores genéticos y en parte de los entornos sociales que hemos creado. Aunque ahora se sabe que los niños/as con TDAH son anatómicamente (y por lo tanto funcionalmente) un poco cortos en tamaño* y velocidad* (alrededor del 5%) en sus funciones ejecutivas del lóbulo frontal, esto sólo se convierte en un problema social cuando los niños/as en esa distribución del tamaño del cerebro entren a la escuela. No son tan obedientes como los que tienen mejores funciones reguladoras de cerebro y mente. 

 Aunque hay problemas más serios con una pequeña minoría de niños/as, la mayoría diagnosticados con TDAH no tiene ningún trastorno cerebral clínicamente relevante. Muchos simplemente tienen problemas con conductas de cumplimiento social cuando sus impulsos de jugar se ven frustrados. De hecho, probablemente todos los niños podrían ser diagnosticados con TDAH en algún momento en su vida. Lo mismo se aplica a las ‘conductas de oposición’, se diagnostican cuando un niño/a pierde los estribos; discute normas preestablecidas a los adultos,  activamente se niega a cumplir con sus obligaciones, le molesta deliberadamente la gente, culpa a otros por su conducta, errores o mal comportamiento y un largo etc.

Obviamente, sería más deseable que las familias (y la sociedad) intervinieran con tales niños/as en las fases más tempranas y plásticas del desarrollo para maximizar la maduración de las regiones cerebrales frontales proporcionando las máximas oportunidades para socializar sus cerebros con otros, una especie de apareamiento mental, donde los cerebros con una velocidad de aprendizaje más lenta están operativos al 100% de otros con una velocidad más avanzada. Cuando los niños están cayendo en esto, cuanto antes se implementen las relaciones sociales positivas que promuevan la vida, mejor. Si se hace, puede que se tenga mucha menos necesidad de prescribir lo que llamo como ‘promoción de la atención’, medicamentos que mejoran el comportamiento, cuyo coste biológico a largo plazo de las funciones siguen estando insuficientemente caracterizadas. La sabiduría y lo más olvidado (el sentido común) dicta que todas las intervenciones naturales deben tener una oportunidad adecuada antes de recurrir a poderosos psicoestimulantes que tienen efectos a largo plazo sobre la plasticidad cerebral.

 Deben haber inversiones mucho mayores en investigación para determinar cómo el juego social y los psicoestimulantes influyen en la organización a largo plazo del cerebro. En mi trabajo sobre la neurobiología del juego sugiero que este importante don que tenemos de sumergirnos en la naturaleza, debe de ser la herramienta de proceso primario para ayudar a construir cerebros sociales. Ya que el uso crónico de psicoestimulantes puede abortar la capacidad del juego de estimular a los niños/as a unirse a las estructuras sociales en las que se encuentran. Si estos medicamentos bloquean los patrones de expresión génica estimulados por el juego dramático en la corteza, podríamos estar jugando a los dados con los niños/as de nuestra sociedad actual.

 – ¿Se han restringido los derechos lúdicos de los más pequeños/as? 

– ¿Puede una persona totalmente social desarrollarse plenamente si dejase de jugar en todos los aspectos de la vida?

– ¿El cerebro que emerge sin juego, permanecerá atrofiado socialmente de por vida? 

 Sin el juego, el ser no puede llegar a ser plenamente humano.

 Entonces, ¿dónde podríamos jugar en nuestro mundo, donde la naturaleza es la gran dueña de nuestra vida impulsiva y la mayoría de los niños están sobreprotegidos, echando raíces en la televisión; donde la mayoría tiene pocos compañeros/as de juegos bruscos, de volteretas (los deportes organizados y los videojuegos son una pálida imitación del verdadero juego); donde la mayoría de los padres, madres y docentes ni siquiera saben reconocer el profundo valor del juego real para sus hijos; donde muchos creen que tratar a los niños como pequeños adultos ayuda a crear cerebros sociales?

 Si las familias ya no pueden proporcionar tales lujos de la infancia, entonces tal vez deberían convertirse en responsables sociales para crear “sitios de juego” (lo que hasta finales de los 90 se llamaban parques, con tierra, piedras, árboles con bichos, columpios con ruedas de coche, etc) -lugares donde se combinan lo mejor del juego y la mejor educación emocional completa. Todos los niños/as podrían

convertirse en aprendices a lo largo de toda la vida, dando lugar a compromisos alegres con la vida y el aprendizaje que se convierten en hábitos internalizados, tal vez inoculando a los jóvenes contra la futura depresión. Desde mi punto de vista, una profunda maduración cerebral pro-social, bajo el control de programas de desarrollo epigenético con medicamentos, nunca podrá igualar el juego durante los años preescolares. De hecho, uno puede imaginar la epigénesis operando a nivel cultural y no sólo a nivel individual. Las políticas sociales puedes influir en cómo maduran los cerebros de nuestros jóvenes.

 Si los datos preliminares de los animales son una guía válida, un juego abundante facilitará la maduración de las habilidades inhibitorias corticales frontales que vienen a regular la conducta de los niños/as

en sus impulsos emocionales y es cuando los niños/as más aprovechan el juego pro-social, ya que es aquí, cuando antes y más intensamente se desarrollarán las inestimables funciones mentales: las preciosas habilidades mentales de los cerebros maduros. Las funciones ejecutivas del lóbulo frontal permiten a los niños/as, y de hecho a todos nosotros, inhibir la impulsividad, nos permite detenernos, mirar, escuchar y sentir. Estas habilidades inhibitorias promueven capacidades mejoradas para la auto-reacción, la imaginación, la empatía y la creatividad/juego. Tales indicaciones a largo plazo en el desarrollo del lóbulo frontal deberían durar una vida entera. 

 Si es así, para no dejar a ningún niño atrás, la primera clase del día en cada escuela, debería de ser de juego, y cada clase subsiguiente del día debería estar llena de energías lúdicas de aprendizaje.

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 Hice esta foto para NEVIDEN, mi primer libro del que pronto tendréis noticias.